Espacios de hierro, metal convexo hiriente. Cámaras metal réflex, fotografías metal réflex, tu nombre metal réflex. Creo que muero de ausencia, de falta angosta replicada. Creo. Que creo. Que muero. Que falta. Que el cuerpo angosto. Que ADN replicado. Que extraño rocío de otoño y todo se me pega donde el hueco. El hueco llorón perdido en el ocaso de este lugar. Sombrío.
Espacios de hierro mi niña, rubia paranoia, rubia cocaína. Antes escribía versos de amor. Siento el extravío, el humus de nuestras voces. Esta metáfora errante. Apariencias de decir lo mismo, de saber lo mismo, de estancar en lo mismo. Pero ahora todo vaivenea en el cambio.
Incluso el tiempo, que trata de ahorcarse en círculos mi amor. Incluso el tiempo que entregamos a los tornados. Que observamos por esa ventana golpeada de tornados golpeados por esa pantalla de televisión, golpeado por una novela donde éramos las ganas de saltar, la ventana y la vida de mierda. Incluso el tiempo nuestro y el de un mundo paralizado por el terror comunista. Incluso el tiempo amurado en Berlín. Incluso ese tiempo lascivo, penetrante; tiempo del ombligo. Incluso este tiempo rayado, cincelado de piedra. Incluso nosotros, inocentes de este tiempo, víctimas y asesinos. Incluso nosotros.
Buenos Aires es todo este tiempo.
Bueno Aires es de todo este tiempo, digo. Nosotros somos el ghetto de la muerte en Buenos Aires y a veces enterramos un poema.
Bolaño, las putas, México. Momentos que se me agotan. Todo lo que tengo es un momento, en el cual imagino que no te olvido. Y luego olvido. Porque el olvido mi amor, pero este olvido mi amor. Olvido que dice. Dice Bolaño. Las putas que dicen. New york es el desierto y se come tu corazón. Yo lo presiento, aunque me olvido. Así como México y la cocaína, rubia cocaína. Rubia sustitución, pueril prostitución; tan pueril que rima. Palermo y las rubias, Bolaño y las putas conmemorando asesinatos. El último relato me destruyó la cabeza. Tanto poeta dando el show de la tarde. Tanto show man poetizando la noche. Tanto quemar palabras con el cigarro. Tanto mezclar y mezclar la receta de esta especie que vive dirigida por el olvido.
Mi amor. Te deseo.
Yo no sé nada de Ungaretti. Aparece en un libro de Cortázar. Se está como en otoño. Pero yo no sé nada de Ungaretti, ni tampoco de Cortázar. A veces no sé nada de algo y de nada. Gracias Ungaretti. En los árboles las hojas. Gracias árboles. Algo que estaba y está, algo de imperecedera permanencia. Algo azul. Él único poema que recuerdo parecido a tus ojos. Tus ojos algo azules y vos tampoco sabés nada de Ungaretti. Allí donde las cosas son dependientes de otro idioma. Drogodependientes. Pero Giovanni Drogo también esperaba un ejército de tártaros sin saber nada de Ungaretti. Espero el ejército de tus lunares. Y esta espera es un cálculo deductivo de la eternidad.
Moderna Cinderella. Posmoderna Cinderella. Ojalá Manhattan te devuelva las lágrimas que volcaste sobre mi sexo. Ceniza de pantano. Una idea que tuve hace tiempo. Un sueño que tuve hace tiempo. Magia y espermas que tuve hace tiempo. ¿Esta realidad, Cinderella, es acaso un atajo hacia esa idea, hacia ese sueño o es la ilusión del pasado? Esta realidad moderna, posmoderna, supramoderna, no se parece en nada a mi soviet ruso construido de legos. Qué pena, Cinderella. Qué pena que hayas causado esa sombra en el mar.