Recuerdo de Helena

Espacios de hierro, metal convexo hiriente. Cámaras metal réflex, fotografías metal réflex, tu nombre metal réflex. Creo que muero de ausencia, de falta angosta replicada. Creo. Que creo. Que muero. Que falta. Que el cuerpo angosto. Que ADN replicado. Que extraño rocío de otoño y todo se me pega donde el hueco. El hueco llorón perdido en el ocaso de este lugar. Sombrío.

Espacios de hierro mi niña, rubia paranoia, rubia cocaína. Antes escribía versos de amor. Siento el extravío, el humus de nuestras voces. Esta metáfora errante. Apariencias de decir lo mismo, de saber lo mismo, de estancar en lo mismo. Pero ahora todo vaivenea en el cambio.

Incluso el tiempo, que trata de ahorcarse en círculos mi amor. Incluso el tiempo que entregamos a los tornados. Que observamos por esa ventana golpeada de tornados golpeados por esa pantalla de televisión, golpeado por una novela donde éramos las ganas de saltar, la ventana y la vida de mierda. Incluso el tiempo nuestro y el de un mundo paralizado por el terror comunista. Incluso el tiempo amurado en Berlín. Incluso ese tiempo lascivo, penetrante; tiempo del ombligo. Incluso este tiempo rayado, cincelado de piedra. Incluso nosotros, inocentes de este tiempo, víctimas y asesinos. Incluso nosotros.

Buenos Aires es todo este tiempo.

Bueno Aires es de todo este tiempo, digo. Nosotros somos el ghetto de la muerte en Buenos Aires y a veces enterramos un poema.

Bolaño, las putas, México. Momentos que se me agotan. Todo lo que tengo es un momento, en el cual imagino que no te olvido. Y luego olvido. Porque el olvido mi amor, pero este olvido mi amor. Olvido que dice.  Dice Bolaño. Las putas que dicen. New york es el desierto y se come tu corazón. Yo lo presiento, aunque me olvido. Así como México y la cocaína, rubia cocaína. Rubia sustitución, pueril prostitución; tan pueril que rima. Palermo y las rubias, Bolaño y las putas conmemorando asesinatos. El último relato me destruyó la cabeza. Tanto poeta dando el show de la tarde. Tanto show man poetizando la noche. Tanto quemar palabras con el cigarro. Tanto mezclar y mezclar la receta de esta especie que vive dirigida por el olvido.

Mi amor. Te deseo.

Yo no sé nada de Ungaretti. Aparece en un libro de Cortázar. Se está como en otoño. Pero yo no sé nada de Ungaretti, ni tampoco de Cortázar. A veces no sé nada de algo y de nada. Gracias Ungaretti. En los árboles las hojas. Gracias árboles. Algo que estaba y está, algo de imperecedera permanencia. Algo azul. Él único poema que recuerdo parecido a tus ojos. Tus ojos algo azules y vos tampoco sabés nada de Ungaretti. Allí donde las cosas son dependientes de otro idioma. Drogodependientes. Pero Giovanni Drogo también esperaba un ejército de tártaros sin saber nada de Ungaretti. Espero el ejército de tus lunares. Y esta espera es un cálculo deductivo de la eternidad.

Moderna Cinderella. Posmoderna Cinderella. Ojalá Manhattan te devuelva las lágrimas que volcaste sobre mi sexo. Ceniza de pantano. Una idea que tuve hace tiempo. Un sueño que tuve hace tiempo. Magia y espermas que tuve hace tiempo. ¿Esta realidad, Cinderella, es acaso un atajo hacia esa idea, hacia ese sueño o es la ilusión del pasado? Esta realidad moderna, posmoderna, supramoderna, no se parece en nada a mi soviet ruso construido de legos. Qué pena, Cinderella. Qué pena que hayas causado esa sombra en el mar.
Esto de darle una forma
A l dolor
Al claustro de la ausencia
En el borde de una pared.

Me he visto trasladando
El mundo
Creyendo que esta palabra
Era un trato con la muerte

Pero ahora sé
Que cuando llueve
Algo se encierra
A los gritos.

Por toda
La sangre que perdimos
Mirándonos. 
Putas asesinas
a quince grados
y los signos de mi estadía,
incrustados en la sensación
de la paternal.

Putas asesinas
mañana van a revisarte
los huesos
ma chérie
Y dolerá
ma chérie.
Como ahora
que son las siete am
y ya comienzan a doler,
ma chérie,
los cables de tu existencia
adentro de todos mis nervios.

Putas asesinas
que ya no logro dormir,
sólo
practico yoga sobre el colchón
en posición fetal
mientras intento
no desarmarme en lágrimas

Putas asesinas
si es que pienso.
El único pucho
que me concedo
es el de las ocho:
cuando se acerca tu desnudez
y lo armo yo;
como solía armar tu desgracia
entre medio de todo el desastre
mientras pensaba
en esto del amor
y el holismo.

Putas asesinas
a veces me recuerdan
a una imagen sacudiendo
el arco y la lira
de tu fragancia
sobre la pileta del baño.
Pero otras veces no pasa nada
y entonces sospecho
que a lo mejor si me quedo
callado
algo se mueva y me termine.

Estoy observándome, como quien observa la tierra después de la lluvia.
Estoy soltándome de las letras, del espacio entre mi cuerpo y mis vicios.

Como cuando vi tus ojos por última vez,
                                                              y habían estado haciéndole el amor al desastre.
 Y eran tus ojos cuando me estaba soltando: azules, entre el amor y el desastre.

Entonces me observo.

Recuerdo haber dicho que me iba a curar y no poder escribir ni una sola palabra luego.
Me iba a curar y me metí todo ese álcali en las córneas y las pupilas hasta ver algo similar al infierno.

El rostro que observo,
                quemado
(con una bella cicatriz sobre la mejilla)
 recuerda el ardor de ese infierno.

Piel muerta de belleza.
Piel del espanto y mi nombre,
esta condición del sacrificio que es parte de mi ruina;
                                                                                                  la parte más escrita.

Pero, como dije, me estaba observando y pasó el cielo. Pasó la tierra después de la lluvia. Pasó el temblor de los vómitos.
Yo pasé.
                        Y el borde de tu cuerpo cortando la muerte.
Yo pasé.
Lejos de cualquier milagro.
                        Y el borde de la poesía cortando tu cuerpo.
Mi Yo pasó.

Quedaron los huesos. 
Hablo:
de la tregua de mi cuerpo
de semanas sin un cigarrillo
pero me ha dolido mucho más.
Lo que pienso, cuando siento,
es semejante a mis ojos
cuando escribo
si es que huyo, si es que temo
es semejante a mis ojos.
Y hablo,
por si acaso, se me extingue algo
adentro
por si acaso pierdo la cuenta
de esta tregua
que es mi cura:

porque hubo una cura para cada tragedia.

Hablo del norte, de un árbol
hablo
de esa vez que compré un cuadro
de un río
y me puse a llorar
para llenarlo de agua.
Y hablo del poder,
que saquearon mis manos,
de aquella novela inconclusa
que escribí desde un final.
Porque todo final fue la esperanza
de vivir tal vez
amando sin querer

la poesía involucrada en todos mis errores.

Y entonces se eleva el cielo,
aunque de ahí te caigas en hoja de otoño.
Yo te elevo.
Mi talento está en lo que siento;
en cómo lo siento.
Porque lo que hiciste conmigo
no debería haber admitido un perdón.
Pero se cataliza tu voz,
 y es algún lugar inhóspito de Neuquén.

Soy testigo de lo que fui,
escuchando la verborragia del viento.
Cuando dije que me iba a morir y lo dije en el sentido
de todas las cosas.
Cuando dije que me iba a morir y me metí toda esa mierda
en la sangre.
Pero ves, tu voz raspaba la luz

Y se elevó el cielo.

Sé que planeaste la vuelta,
planeaste venganza.
Tu guerra fue el inicio de un adiós en la carne.
Porque anduve por lugares de duro tránsito;
conociendo pieles de duro tránsito
y vi lo innecesario
de ser ese ignífugo silencio
que, como dije, fue un adiós en la carne.

Cuestión de andar viviendo sin darme cuenta
En el medio de una ciudad sin darme cuenta
Una ciudad de ojos arrugados
a las tres de cualquier madrugada
que conserva mi sombra sin darse cuenta.

Ahora sos Neuquén y un pasaje en aeroplano
Sos Neuquén y una impresión cerrada
de que todo el tiempo repito lo mismo.
Sos Neuquén y una laguna
en medio de una muela de juicio extirpada
Sos Neuquén y estás muda,
y así presiento que me gustás más.

Cuando dije que lo único que amaba de vos
era una lágrima extraviada en el sexo
y de rituales promiscuos de veinticuatro años.
Pero no.

Cuando dije que lo único que amaba de vos
tenía nombre de otra mujer
y de angustia rouge.
Pero no.

Cuando dije que lo único que amaba de vos
Eran cinco gramos de muerte diaria
y dos laxantes semanales.
Pero no.

Porque lo único que amé de vos,
sólo tuvo que ver conmigo. 
Tal vez haya sido la urgencia

El querer abrir de una puerta,
una mente en medio de la neblina
tus ojos empañados de vino un poco rojo;
como la sangre;
como una urgencia sangrienta
en los bordes de un beso, que ninguno.

Anoche fue y ninguno.
Sé que no me vas a abrir cuando toque
Que me voy a acumular como cadáver
de urgente llamado.

Por anoche, y lo que hicimos cuando no.

Y me voy a sentar, a esperar
el calor, las manos confusas
de pasado, y es que tengo tanto
acumulándose en las líneas de:

Como siempre, me gusta observar
el mundo cuando se fuga
Y se mete tras unos ojos, como el color
de tu piel y oculto;
como el color que es tu piel.

Y a veces vuelve, pero ya no es el sol
Y lo junto con la mirada, porque quiero que pase
Y tal vez se detiene sin preguntar
pero el resto son cosas
Que a esta altura ya no
Puedo decir. 

Cocaine

Descubrir tu cuerpo húmedo a la una de la mañana. Alrededor el deseo, saboreando la parte oculta del mundo. Describir ese deseo en el filo de tu dolor, esa caricia secreta modelada en tus ojos. Agonizante suceso del arte.
Para ese momento habremos liberado la eternidad de las palabras.
Como si la última vez. Una continuidad del sexo irremediable que nos divide. Una huida hacia la nada. Porque elegimos irnos pero en verdad nos quedamos lamiendo fantasías, con la lengua de todos nuestros años; una vida exclusivamente angosta y contaminada.  
El desierto es el silencio que se resbala de tus pechos dulcemente, parejo.
Hay algo, un prohibido saber, mirando a través de mis poros, hurgando en medio de mis restos. Algún pedazo casi muerto de realidad. Y ha sido invasivo como un tumor. Todo mi cuerpo sugiere el instante. Pero hay algo que insiste, fragmentándose en el lugar donde no pienso, donde soy irreversiblemente un motivo para los apetitos de mi decadencia.

Una mano famélica espera el desenlace literario: la mano divorciada de la razón.
Desaparecés en algún eco de la oscuridad. Aquí habita la noche para todas las cosas y alguno de los dos llorará. Hasta será natural que llueva durante una semana, que el límite nos aceche la piel para que luego todo haya cambiado. Por el amor siempre muere el amor.

Y alcanzará con gramos de ausencia pálida parecida a un poema.
NO del todo:
nada incomparable con el tentador deseo de callar las formas bajo el telón de la tragedia.  Asumir el nombre de este rostro invadido. Volver al diminuto anonimato de la soledad, a dormir entre fantasmas del vicio. Abrir la mirada de lo que se pierde, si es que se pierde lo que nunca se tiene. Pero el amor siempre será la enfermedad del amor.   

Les Feuilles Mortes


“Las hojas secas se amontonan sobre el rastrillo…”
El olvido considera el cuerpo,
lo amarrado en la carne que crepita
como las gotas heridas de otoño.

Enferma de silencio
se hamaca esta ciudad
que es un abismo entre el recuerdo y tus labios

Y las hojas muertas de amor sobre el rastrillo…

Aunque aún se viva de inviernos
Como verás,  no he olvidado
Los dos rostros de todas las cosas
Que se han ido
Como yo
Hacia el lugar del que nunca se vuelve…

Les Feuilles Mortes - Yves Montard
El tiempo sigue pasando

Yo escribo una novela

Donde algo que no es tiempo

No pasará.

Como los amores que usamos

Para ocultar el terror

De haber nacido muertos. 

Poésie de merde

Donde huele a mierda huele a ser
Antonin Artaud.

Ni la cantidad de puentes
amarrados al olor de la noche
ni el hueco que se asoma
del hueco en el ojo

ni la vida
ni la enfermedad
de las cosas entregadas en la palabra

ni yo,
ni mi dolor
ni lo que me espera
como yo espero

ni el óvulo encerrado
en el confín de las manos
ni el beso sustantivo de cada boca

ni el ser denegado a los hombres
por el peso del mundo
ni la soledad
entregada a los hombres
en la liviandad de este mundo

:existen

como el silencio
que ni en su silencio
puede existir
yo existo, también
al borde de algún ocaso

Emuntorio de la Filosofía...(o el amor por las drogas)

La penumbra es única y bajo su vientre  suelen merodear vacuos pensamientos.
Existe una impresión de cada cosa sujeta a los miligramos de naturaleza, quebrándose en los fundamentos del ser.

Y quizá nuestro amor haya tenido un principio de caridad, pero de que nos atravesamos los cuerpos no quedaron dudas.
Te quise como te quise; como se puede internalizar la espiritualización de la carne; como clausurando la insatisfacción de que los “quizá” nunca fueran suficientes… Pero es probable que el amor sea un encuentro entre dos personas que son la misma; nada más…

El humano sugiere un estado del ser, como las horas en un reloj: un estado intermedio. Nervio conector entre la idea y la realidad: elemento decodificador de la existencia. El humano ha alcanzado su máxima expresión evolutiva, en y para sí mismo. Ahora sólo le resta abandonarse. .

Dijiste que volvería la incertidumbre, la concupiscencia de los poemas. Hubo la vida en que fuimos de sexo: de vodka con durazno.
Y hoy pienso que pudimos haberlo hecho mejor, que pudimos haber derramado por última vez los besos de nuestras distancias. Tal vez, por piedad, hubimos de tener una única virtud: haber apagado tanta nada.

El Ser es la nada y eso viola la buena filosofía depositada en todo principio dialéctico. Hay en el sufrimiento un patrón de adicción inigualable, una insalubridad en las mejores palabras, con que escribimos incontables versos de amor y, así y todo, nos conservamos  incapaces de amar.

Yo soy un espejismo
ajado de pensamientos,
la ilusión de perversas elucubraciones.
Y quizás, en las peores circunstancias, haya perecido por mendigar una caricia;
en el marasmo de tus olvidos.

Pero, sin embargo, todavía hay un ergo en cada pensar
Aún el mundo se obstina al lenguaje
Y, tal vez, a eso sea reductible el amor.  

Tristeza de un doble A

Para A.

Y yo también hubiese querido apagar el cigarrillo para encontrarte entre mis sábanas. Un día hubiese querido escucharte susurrándome al oído aquellos maravillosos versos, que no eran míos, que no eran tuyos, que no eran de nadie.

La distancia dirá que el amor es un espejo para la falta, que estamos a miles de kilómetros agotando el deseo; la distancia dirá que entre tus labios y los míos aún sobrevive la espera.

Yo no puedo amar y sin embargo cantan voces en las que te amo.
El tiempo y la nada, en los infinitos rincones de nuestros silencios, nos hacen al amor, como cada gota de lluvia que se arroja sobre Buenos Aires: nos hacen a la pasión de las pieles descarnadas.

Entonces nos miramos en la metafísica de cada palabra y entregando nuestros dedos a los huecos de la noche nos dejamos nacer dentro del cuerpo del otro. 


Tristeza de un doble A. Astor Piazzolla.


A veces te extraño.


Todo en alguna medida ha muerto. Pudimos acercarnos lo suficiente como para conocer lo que era el amor; lo que era antes.  

Porque antes del amor, el amor era de las mitologías, de los pueblos antiguos que no se animaban. De la ignorancia era el amor, de lo desconocido. Antes del amor, el amor eran chaparrones sobre la selva, insectos creando el mundo. Antes del amor, el amor no hacía hombres, no hacía mujeres, no hacía naturaleza. Era la paz y el irremediable proceso de descomposición.

Y qué hemos dicho acerca de lo perdido; nada. No hemos dicho nada.
Nuestra sombra se ha sentado a escribir toda una suerte de palabras inexorables, palabras sueltas que hemos ido olvidando, que hemos ido perdiendo en algunos momentos de nuestras noches, en algunos rincones de nuestros besos.
Entonces nos quedamos pensando, la vida pensando. Que todo ha sido un destello de las posibilidades; hermoso destello. Que posiblemente el todo no sea más que la nada enamorada, muerta de amor; esperando el desenlace literario de cada cosa, sumada a la cosificación de un mundo que no está en ninguna parte: pues la muerte, en definitiva, es un poco irse aquí o allá.
De pronto no toleraba ningún ruido. Toda vibración acústica se transformaba en un terremoto sobre mi cabeza. Había quitado la música, un adiós a Mike Bloomfield. Y pensaba de cuántas maneras distintas se podía adjetivar un adiós; una palabra que, al fin y al cabo, representaba la inminente ausencia. Como si a la falta se la pudiera entroncar entre lo dulce y lo doloroso, como si las despedidas pudieran ordenarse en un catálogo de decoración.
No; un adiós siempre significará lo mismo, pensé, por más o menos adjetivos que se utilicen.

Pero ya no podía pensar, la cabeza me estallaba. Todo hacía ruido dentro y fuera de mí, el mundo se estaba moviendo ruidosamente y hubiese hecho cualquier cosa por detenerlo. Porque todo se quedara en su lugar, al menos unas horas, unos días.

Helena una vez me preguntó por qué escribía en pasado. Yo le dije que el presente no existía, que era la situación de un reloj averiado. Elle me dijo algo así como el corrimiento del tiempo, como el origen de la palabra; un infinitivo verbal recurrido de sombras.
En fin, el presente no existía, pero el lenguaje lo podía existir. Yo me quedé mirando un cuadro, una imitación de Van Gogh. Entonces le dije que cuando las cosas sucedían era mejor que sucedieran en el cuerpo atemporal, y cuando dejaban de suceder, lo inevitable era literatura.

Con Helena sucedían los días, las noches, el sexo entre películas, los libros en la bañera, las improntas de un cambalache.
Ahora estaba frente a la hoja, sin un absoluto sonido, escribiendo el pasado… 

En Buenos Aires no nieva.

Hacía mucho calor. El aire se derretía, las manos se derretían, el polvo perezoso se derretía.
Porque lo que mata en Buenos Aires es la humedad, pensé. Como si nadie lo hubiera escrito antes, como la revelación de que bajo la escalera había un pasadizo al mundo de la fantasía. Campos de enormes arboledas, de pájaros no extintos.
Pero yo volví a pensar en Helena. En el secreto de quienes nacen en una roca, en el lugar a donde nunca la llevaría.
Entonces comencé a derretirme con la humedad, como un cuerpo de cera me derretía sin poder hacer nada. Y la verdad, es que aun pudiendo, no hubiese hecho nada. En el fondo yo merecía todo esto, yo merecía estar postrado frente a la ventana mirando nevar en Buenos Aires, sacando el humo de mi pecho con Helena en mi nombre, con Helena en mis recuerdos. En el fondo era un respiro para tanta sequedad que en las calles fuera Junio y en mi habitación un desierto
Una imagen rocosa en los ojos.
No, la calma es la antítesis del amor. Porque en esta ciudad ya no se caen las palomas del cielo, ya no existen las miradas por la cerradura, ni aman las criaturas en el mar de los hombres.
Aquí hay un orificio de la memoria, como el feto de un dios. Pasión hay a veces también, pasión de película en blanco y negro, de beso coartado por la timidez. Hay un Klee en el armario, un período rococó de alfombra: la cúpula de una foto y yo.

¿Acaso es digno estarme tan bestia? ¿Acaso ya no sirven mis miedos?

Como un teorema vive la felicidad, con algunos miles de años y dos tercios de las lágrimas desparramadas en toda una vida. El encanto de una perfecta ecuación mezclada con literatura, algunos rasguños y la impresión de ser enorme sobre un cuerpo carente y diminuto.
Pero nada resuelve las dudas ni los poemas que nunca diremos;
                                                     tan sólo es la costumbre de recostarse en las nubes víctima del olvido.

Se habían apagado las luces; alguien las apagó, tal vez fui yo. En la televisión pasaban una película de Hitchcock (-Es usted Mr. Kaplan?) Una película demasiadas veces vista. Yo recuerdo haber querido escribir un poema sin intrigas, sin artilugios de escritor. Algo así como la edad de los días, de las tormentas sin relámpagos.

Estaba solo, con una soledad que jamás había sentido. Recostado sobre la pluralidad de las decadencias, fumando tabaco holandés. Y había cosas que inevitablemente no lograba nombrar, por más que lo intentara una y otra vez. Tenía la impresión de haber dejado una vida en Marte, un desperdicio ahuecado en algún punto del sistema solar. Tenía la impresión de estarme muriendo como un eucalipto en el desierto y en efecto, cualquiera hubiera dicho que estaba seco, y que lo colgante de mi lengua era el recuerdo de unos ojos azules empapados de húmedas palabras.


Entonces supe que no habría ningún suceso redentor, que el pasado no era exactamente un sueño de algas, ni de romanticismo siglo XIX. Supe que no habría poesía capaz de salvarme, ni versos de amor, ni una puta lágrima que malgastar nunca más. Porque  la inmensa nada me habitaba y esa inmensidad resultaba muy poca para llenar tanto vacío.    

Llegamos tarde.

La función había comenzado, se oía el silencio de los espectadores, los ojos parpadear, la saliva atravesar las gargantas resecas de tanto humo.

La actriz lloraba, con la voz lloraba; sin lágrimas que le recorrieran las mejillas. Yo pensé que era bella como las rocas, sólida y bella.
Ocupamos las butacas que nos quedaron, desde donde apenas se veía la vida. Nos sentamos en la oscuridad, fuera de las luces que iluminaban la escena. Fuera de las luces que iluminaban los tablones de la escena. Porque habíamos llegado tarde.
Entonces hicimos un sueño, un manantial de pálidas gotas sobre nuestros ojos. Hicimos un secreto, algo que nos mirara y nos dijera que ahí estábamos, lejos. Lejos de aquella obra, de aquellos actores, de aquellos poemas.
Helena se sacó las sandalias, blancas. Aún conservaba el vestido: blanco. Cruzó las piernas como negando que en el medio tenía una flor, una flor de dulce corola.
La voz en el escenario volvió a llorar y Helena me tomó la mano, la apretó con su fina sensualidad de muñeca de porcelana, luego me la devolvió. Quise decir algo, algo en el silencio, algo que ya había dicho, pero habíamos llegado tarde y la función había terminado


Porque el mundo está solo. Solo en el universo. Yo estoy solo en el mundo. El universo está solo en Dios. Y Dios no existe.
Así comenzamos con el juego de hilar las palabras en oraciones. Helena dijo que la noche era algo así como una mangosta derrotando a una cobra. Luego dijo que los animales estaban al borde de la noche. Que había serpientes la noche que soñó conmigo. Que esas serpientes eran mujeres de mis noches. Que una noche se iba a ir y que yo me iba a retorcer como una serpiente.
Entonces callamos porque ya no era chistoso el juego, porque hacía tiempo ya no era un juego. Luego hicimos el amor, acariciándonos los cabellos. Olvidándonos las manos en los lugares del otro, con las cosquillas en los suspiros, en la evasión del tedio-post-acabar.
Yo creo haber querido un río para pensar, para amarrar un bote en el fondo y quedarme mirando la luna. Bajo el agua mirar la luna.
Helena se durmió sin avisar; sin darnos cuenta, ella estaba dormida. Yo le miré el lunar en el pecho, le miré los párpados sobre sus verdes malaquitas. Le quise murmurar algo al oído, algo similar a la música triste, a la música que de vida no sabe nada, que de muerte no sabe nada. Dije vida y muerte en los oídos de aquella mujer, casi pedí un perdón y también quería dormir mi perdón; descansar de tanto estarse en la boca.
Había silencio en la cama, tanto silencio para llorar. Pero ni una lágrima estaba dispuesta a salir, ni una lógica caricia de consuelo.
Entonces agarré mi ropa, una mentira más y me fui. Afuera sospeché las luces, la intención de hacerme un nido para las alas de la soledad, las alas de la estupidez.
Caminé las calles, las dudas, las drogas y todos los equívocos pasos que ya no quieren saber lo que es el amor.
Caminando por Recoleta, donde todo es tarde, solo en el tiempo y en la ignorancia de esperar, alguna vez, ser…
Estás pensando al revés, me dije. Estás buscando en el horizonte un pedacito de tierra atado a una memoria.
El horizonte es de los caballos alazanes que escapan al frío, es de las nutrias celosas. El horizonte viene de un punto que no alcanzarás jamás; como el atardecer.
Decidí dejar de pensar en las cosas que estaban mirando la nada; de los amantes que se ardían tras una puerta; orgasmos escritos con polvo de tiza.

Helena leía Hölderlin, leía la seguridad de los hombres, la seguridad en la ausencia de un dios. A mí me pareció no creer en dios, me pareció haber suspirado la muerte mientras tomaba un café.
En este país el café es asqueroso, pensé. Yo debería haber nacido en Colombia; al tiro del café y la cocaína.
Una brisa se coló por la ventana, y fue extraño porque creí haber escuchado al aire migrar. Irse, como quien se va sin pedir permiso, sin avisar si volverá.
Entonces pensé que estaba pensando todo al revés. Me dije que el viento no se iba sino que volvía, que lo bueno de no haber nacido en Colombia era querer haber nacido allí. Que la cocaína estaba húmeda sobre la mesa, pensé.
Ahora ya no sabía qué estaba al derecho o al revés; de seguro que el cuadro de Rivera no. Si estuviera al revés las calas sostendrían a la mujer; una mujer sostenida por calas. Y mis manos estaban ásperas y mal olientes. El tabaco hacía lo suyo, en todos los lugares donde iba hacía lo suyo.
Estaba aburrido, sin demasiado en qué pensar, sólo en que todo estaba al revés. Me asomé a la ventana y miré arriba la calle, el chasis de un Renault 12 modelo 76. Una piedrita que jugaba con un gato. Un bastón apoyado en un hombre. Una luz que se apagaba. Un cigarro fumando a un niño de 12 años: un cigarro arriba de un árbol. Una vereda tirada en un cigarro. Una colilla encendida. Unos pulmones entrando al humo…
-¿Qué hacés? –Preguntó Helena.
-Pienso en el amor –Respondí.

Adiós dulce


No hay sapiencia en la muerte; la muerte está muerta y es lo más racional que se le puede decir.
  Anoche vino Helena a mi corazón de juguete, vino a mis piernas, a mis labios. Trajo su cuerpo desnudo, con un lunar en el pecho. Un único lunar.
  Luego dijo algo así como la bruma de los amores, como las tardes en Praga, como el deseo de un durazno. Ya estaba de sexo cuando lo dijo. Yo la miré, casi sin palabras, pensando que el mundo estaba girando, dentro de todo, en su órbita. ¿Por qué agitarlo?
  Frotamos los cuerpos con el viento, con las sábanas, entre el calor interminable de Enero, hasta despegarnos, lentamente, por miedo a dejar un pedazo de piel en un lugar no correspondido.
  ¿Por qué agitarlo?
  Helena volvió a nombrar los árboles del prado, con los ojos verdes encendidos. Nombró cada estado soviético; un par de poetas alemanes; un crucero hundido; un diario que ya no compraría. Dijo del sueño freudiano, de los escritos de Lacan. Cantó una canción de trompetas, de blues, de tristes madrugadas. Cantó en inglés, en italiano, en español.
  Cocinamos algo que en un principio había estado vivo. Nos imaginamos la vida del pobre animal, luego nosotros éramos ese pobre animal y el pobre animal nos cocinaba imaginando cómo sería nuestra vida.
  Entonces las órbitas de los planetas se fueron al carajo. ¿Cómo sería nuestra vida?
  Helena lloró, y yo, en parte, me alegré porque nunca hubiese confiado en una mujer que no sintiera tristeza. Pero ella ya no quería lo mismo; ya no quería distinto; ya no quería.
  -¡Qué hacer con la muerte, mi pobre Helena! Dejarla que muera.

  El amor es una noche consumida en el violento brillo de luna. Así como brillan los ojos de esta mujer,
  que no es mía
  ni del amor que le profeso a mis letras.

La mañana está espesa en Buenos Aires,
ciudad de ambiguas consecuencias:
                                                                 beso extraviado por aquí
                                                                 lágrima encontrada por allá.

La mañana está tosca: resistente a ser mañana
Yo sé que quisiera ser noche,
entre las pocas sustancias, sé…
                                                    [y entonces silencio.]

Helena se baña;
con la mañana se gotea,
un hacer eco en caída de pieles
líquida esencia mujer.

Buenos Aires no respira,
no es ciudad de amantes, todo se abisma muy rápido para amar.
Hasta la poesía pasa volando
pasa-deforma, pasa-contrae
                                  fugada en el hilo de los pensamientos
que se fugan tan rápido en el recuerdo Buenos Aires.

En esta habitación no hay mares
no hay versos
no hay pasiones:
                            no hay una mano que acaricie, ni otra que escriba
no hay estrellas en las paredes
no hay fugas de letras

y, sin embrago,
                            bajo el agua se existen dos cuerpos haciendo el amor.

Helena


Como un día sin ganas de asumirse día

era de noche Helena:
en el lugar de todas las viejas costumbres
donde contarme esta historia
es dibujar con jabón sobre los azulejos.

Pero hoy no llueve
y, sin embargo, extrañamos la perforación en el
cielo.

Helena con hache:
conocerte es tomar la punta del ovillo
y tejer bosques en el medio de la tristeza.
Helena sin sentido;
un nombre de cuerpo desnudo y pálido.

No hablés más, dulce Helena.
Que me digan tus ojos, de verde nostalgia;
que me digan tus vestidos al borde de un árbol
y me digan distinto cada vez que sea lo mismo
y me diga tu ausencia cuando cierre los sueños
al empaparse mi sombra de oscuridad.

Yo no te amo, Helena.
Nada cambia la historia ni el tiempo;
cambiamos, a veces, pero ahí no hay amor.
Yo no te amo, tierna, tierna Helena.
Y resulta tan mágico que lo sepas
y aún puedas seguir sonriendo por ello.

El pasto se hundió hacia el gorrión,
La casa nos esperaba con el corazón en la mano.
                   Vino el agua, que se resbalaba del cielo, y se resbalaba del suelo también.

Mujer de pequeños párpados encendidos en los pliegues de un bandoneón.
Nadie puede negarte mujer.

Ver los campos teñidos de azúcares, desde la última ventana de nuestro amor.
Dirán que llorarán los sapos, que el viento se irá volando
pero el invierno nos enseñará
una vez y para siempre
que los años
son un vacío en perpetua colisión con las estrellas

II (de todo lo sólido que hace el amor)

Huérfana de formas suntuosas
                                                  Está la baldosa sobre los vestigios de polvo endurecido
Perfectamente simétrica, espesa en su contextura

El niño que aún es casto le observa el brillo
En el seco sexo
                          Brilla como diamante o como rubí
La perla en medio de la aspereza le brilla
Roja y azul plateada
                                   Del color de la multilateralidad de los erizos
 El niño siente una fuerte presión entre las piernas
El despertar de lo inanimado
                                                Le pasa las uñas a la baldosa, se las regala
La huele, toda veteada como los arándanos de la luna

                             Y la boca se le llena de miel, de cemento, de partículas pelusientas
Y ovoideas.

Entonces algo se le rompe del prematuro cascarón, algo lo intima de humedad coagulada,
                      de suntuosas pulsiones intramusculares

hasta que el dulce jugo de la noche, de esa magna blancura en las estrellas
    invade cada instante
existente
                                       entre la cosmovisión de mundo y de desastre.

I (de todo lo sólido que hace el amor)


Entonces la piedra es el lugar; la mancha soleada de su rugoso sexo
              La piedra está loca de impenetrabilidad:
Cuando no
                   Todo lo que es llorar.

El hombre de pieles robustas, de pelos de acero
Dibuja el agua
                         Con besos de piedra.

La piedra lo ama
                             Con la inmovilidad de su silencio
En el hueco corpóreo de su lugar.

Ella no puede hacer nada
Y el hombre tampoco.


Ser
es la caída más grande del hombre y al cultivo cinco mil años de cultura podridos en la basura.
La realidad
resulta ser tres o cuatro gramos de cianuro diario
que uno se mete en la nariz (de la manera más educada del mundo) por mera costumbre:
y ese olor tan parecido a la almendra…

pecar es volverse tan cruel consigo mismo que la satisfacción esté sujeta a la muerte de los afectos: y es lo de menos.
Pecar Pecaminosamente
es asomarse al borde de la vida y vomitar
vomitarlo todo;
                                     que ya no se tolera
                             que al año le quedan un par de días
                                                                 naufragando en una zanja
y que cuando no se puede más

siempre es mentira.

(estas letras no pueden más)


La humedad amurada se desmorona; se desangra bajo los dedos
                                                                             los seis meses de puro romperse el orto
guardados en siete u ocho cajas de nada que ver.

Nada que ver, pero todos lo vimos y de eso no hay dudas, ni de las tardes con la heroína, ni de los patos muertos en el lago:
                                                                       Fueron (y son) tantas las piedras

Entre el hollín acerebrado que se calma
con la vehemencia de inhalar multitudes de incendios
Cuando quieran volver
Me habré descuartizado.

Lo que está
es de mal vivir,
de mal morir,
de mal coger,
de mal pedir,
de mal partir,
de mal pensar,
de mal actuar
                                  
 pero nada puede estar tan mal
en las partes fecundas del intento, ahí que se disgregan las colosales mariposas y los emblemas de diccionario:
                    siempre que nunca aprendimos a escribir

Cuando no importa,
la realidad son tres o cuatro vocablos de mierda, que nos llega a través de enormes ficciones.

Nocosas


Y no poder pensar en absolutamente nada, sin llenar cavidades, sin arrimarse al vaso por miedo a que sea de otro.

Yo escogí mi vaso, lo bebí y sin embargo, nunca fue de nadie.

Las muecas de la irrisoria realidad que se aventuran a dejar perplejo a cualquier novato espectador. Porque para bancarse tanto rollo hay que ser novato.

Yo era yo y yo y yo y yo, hasta que no fui nadie.

Conservada la impresión del horror, se puede vivir tranquilo abrazando al miedo. Mirar películas y comer caramelos juntos.

Acá me hinchó las pelotas la estructura

Decidir construir caminos con la incontenible miseria del alma para correr con los pies ligados al Plomo.
Es algo que no se dirá lo que no se dirá.
Querer abrazarse hasta que se acalambren las penas.
Y no precipitarse ante-siempre
                        Mientras la sangre se exilie del cuerpo.